A sus 82 años fue distinguida en el Foro de Género y Ruralidad. Desde 2015 produce en Apóstoles y reconocida como referente de la región, del cultivo y de la fuerza femenina en la ruralidad.
Por Elida Thiery (Bichos de campo) - El fin de semana pasado, en Mar del Plata, más de 400 mujeres se reunieron en el 3° Foro de Género y Ruralidad. Una cita organizada por la asociación civil Mujeres de la Ruralidad Argentina, sirvió para que desde todos los puntos del país se descubran historias, oficios, actividades y todo el impacto de las tareas que hacen a la producción de alimentos.
Con emociones y entusiasmo, que fueron mucho más allá de lo que significó la entrega de los premios Lía Encalada, en su quinta edición, es que muchas mujeres recorrieron cientos de kilómetros, quizá conocieron el mar y transitaron durante muchas horas, para llegar a “La Feliz”, para hacerle honor a esa denominación.
Uno de los ejemplos es el de María Magdalena Glinka, que a sus 82 años aceptó la invitación de asistir al evento, compartió el viaje en ómnibus con un gran grupo desde Misiones y terminó recibiendo una ovación en la Sala Roberto Payró, en el Teatro Auditorium, frente al tradicional Casino Provincial y los lobos marinos.
Ella es de Apóstoles. No hay momento en el que deje de manifestar su pertenencia, el valor de la fe y del trabajo.
Tiene pasión por su tarea y es indudablemente una referente de una producción que no solo sostiene la economía familiar, sino que también transmite valores y cultura.
Un deseo, un trabajo
Durante
nueve años cuidó a su marido postrado, sin ambas piernas, mientras
trabajaba en la huerta y fabricaba ladrillos. En medio de esa
dificultad, pidió sostenidamente en oración un secadero pequeño
para la yerba mate, un barbacuá, no para enriquecerse sino para
vivir. Devota de la Virgen y de Jesús, cuenta que muchas veces se
despertaba de madrugada para pedir ayuda y que cada paso del
emprendimiento que desarrolla desde hace 11 años fue respuesta a
esas oraciones.
“No quiero riqueza, quiero lo necesario para mi
sustento diario”, recuerda en su charla con Aire Agro, brindando
más que palabras una enseñanza concreta. Ese pedido se convirtió
en realidad y dio origen a la marca Amanecer Campero, una yerba mate
elaborada de manera artesanal, sin químicos, con un proceso que ella
misma supervisa desde la cosecha hasta el envasado.
La
construcción del barbacuá, una suerte de horno para el secado de
las hojas, fue posible gracias a la solidaridad de vecinos y al
esfuerzo de su hijo menor, Walter. Ese secadero artesanal Paimá,
levantado con ingenio y fe, se convirtió en símbolo de resistencia
frente a las dificultades económicas y en motor de identidad para la
familia.
Hoy, la chacra de 25 hectáreas, entre Apóstoles y
Colonia Liebig, no solo produce yerba mate sino que también se
transformó en espacio de visita y aprendizaje. Turistas de toda
Argentina y de otros países llegan para conocer el proceso de la
yerba desde la planta hasta el paquete.
María Magdalena muestra
en el lugar cada etapa y aunque como en Mar del Plata esté lejos,
sigue transmitiendo la pasión por un oficio que es también cultura.
Con la sabiduría de la vida vivida desde la solidaridad y la
entrega, asume “no me siento vieja”, porque está activa y esa
lucidez la traslada de una manera maravillosa en cada charla y a
partir de todas las consultas.
Esfuerzo
y recompensa
La
enseñanza que transmite es la de no pedir más que lo necesario,
salud y fuerza para seguir trabajando. Esa filosofía se refleja en
su vida diaria, donde combina el envasado de yerba con la cocina, el
cuidado de animales y la atención a vecinos. Es la solidaridad la
base de todas sus actividades.
“Todo lo que yo hago es lo más
lindo”, dice, y su frase resume la dimensión de un oficio que es
también un modo de vida, sabiendo que sus productos llegan a
distintos puntos del país, aunque ella nunca mide la producción en
cifras.
María cuenta que “para decir cuánto producimos, yo
nunca saco cuentas, porque siempre digo, es lo que Dios me da, yo no
saco cuentas. Nosotros cosechamos, secamos, molemos y envasamos.
Hacemos todo solo, sin ningún químico, sin nada”, confiada en un
producto que a pesar de no tener el impacto en el precio, tiene un
auge en el consumo que es histórico.
Es por eso que es la mejor
exponente de algo que no conoce, pero lo hace naturalmente, es su
propia agente de márketing. “Puede tomar todo el día mate, no le
hace mal. El que probó nuestra yerba no la deja más”.
Madre de
cuatro hijos, vive y trabaja con el menor en la chacra, desde que
enviudó. Sólo cuentan con la ayuda de otro muchacho, para producir
la yerba, hacer la huerta y criar lechones.
“Yo
hago todo, esa es mi alegría”, dice con una sonrisa y una mirada
alentadora detrás de sus pequeños ojos azules.
Tiene
un empuje para imitar, “si tengo que pedir un deseo, sólo salud y
que yo pueda trabajar. Nada más. Hay mucha gente que viene,
turistas, así me preguntan que más quiero, nada más. Salud y
fuerza”.
Aplausos
de pie
María
Magdalena Glinka no ganó un premio en una categoría, pero le dieron
un reconocimiento especial cuando terminó la entrega de los Lía
Encalada. Un auditorio de pie marca que su mensaje y su presencia
tuvieron una potencia especial.
“No hay que pedir mucho, hay
que pedir lo justo, pero también hay que dar mucho”, eso es lo que
ella dijo ante quienes le brindaron su admiración.
En la
sabiduría de sus palabras, en la experiencia de sus manos y la
calidez de presencia es que esta mujer invita a pensar de otra manera
en la producción, valorando su actividad de una forma diferente, con
constancia, fe y tradición.

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