En el corazón de Entre Ríos, el sistema instalado en una tradicional fosa, les permitió crecer en calidad y mejorar el día a día de la producción lechera.
Por Elida Thiery (Aire Agro) - En Don Cristóbal 1°, provincia de Entre Ríos, la rutina de un tambo familiar se convirtió en una historia de innovación.
Vanina y Yesabel Ormaechea, junto a su mamá y la pareja de una de ellas, decidieron incorporar un robot ordeñador. La apuesta, que parecía un sueño lejano, hoy es parte de su cotidianeidad y les permitió ganar una nueva forma de trabajar y vivir.
“En 2012 me recibí en Paraná, no conseguía trabajo y me vine con mi mamá, que vivía sola. Empecé porque soy inquieta, siempre fuimos inquietos. Primero hicimos mejoras en lo animal, en el mejoramiento. Fueron varios años de acomodar todo”, recuerda Vanina. La continuidad del tambo fue una decisión compartida, porque entre ellas, “siempre resolvemos en equipo”.
“Pregunté si queríamos seguir con el tambo precario o hacer uno nuevo, y las chicas dijeron que sí. Yo disfruto la gestión, pero el tambo en fosa no lo hacía, lo hacían ellas”, por eso era clave hacer el cambio que las instalaciones y la inversión permitían.
La idea del robot surgió casi por azar. “En mayo del año pasado fuimos a la Fiesta de la Leche en Nogoyá, un chico nos habló de la posibilidad. Teníamos pocas vacas, parecía una locura. Pero empezamos a organizar, a ver si podíamos pagarlo. En Todo Láctea de 2025 vimos todos los robots, fuimos al INTA Rafaela para verlo funcionar y sabíamos que era clave el tema del servició técnico, porque siempre sufrimos cuando algo se rompía y no había quién lo arreglara”, cuenta Yesabel.
Con la seguridad de tener que hacer el cambio, “no queríamos modificar toda la infraestructura, porque era nueva. El robot tenía que adaptarse a nuestro tambo, no al revés”.
Es por eso que la instalación fue un desafío. “Las vacas estaban acostumbradas a su lugar, fue caótico al principio. No es que el robot no funcionaba, sino que ellas no querían entrar. Fue un trauma para los animales, pero pudimos resolverlo bien. Hoy, en cambio, las vaquillonas nuevas entran sin problema”.
Gran experiencia en un año
El
robot comenzó a funcionar el 9 de enero de 2025 y, aunque la
adaptación animal fue el mayor obstáculo, la tecnología se volvió
la gran aliada de esta familia. “Manejarlo es fácil, lo que cuesta
más es leer los datos”, aunque están bien encaminadas en un
aprendizaje que es clave para seguir creciendo en producción y
mejorando en calidad.
“Ahora
las vacas se manejan solas. Me acuerdo de un día de mucho frío en
que decidimos soltarlas y que se manejen solas. Entraron 30, después
15, yo estaba feliz. Era un logro”.
El
cambio productivo también fue profundo. “Siempre soñamos con un
tambo chico pero altamente productivo. Hoy estamos en 32, 33 litros
por vaca. Tuvimos que modificar el sistema de alimentación, ahora
están en el campo hasta las 11 y luego en un dry-lot todo el día.
Eso nos dio un ordeño más equilibrado”, explica Yesabel, mientras
su hermana explica que “los días de lluvia vimos que funcionaba
mejor encerrarlas todo el día. El ordeño se distribuye más parejo,
no se concentra tanto en la mañana o la tarde”.
Buscando calidad
La
calidad de la leche se convirtió en la prioridad. “Antes hacíamos
queso acá en el campo y no medíamos nada. Cuando empezamos a
entregar a la industria nos dieron un cachetazo, los resultados no
eran buenos. Con asesoramiento mejoramos mucho, aunque todavía
arrastramos problemas de mastitis de las vacas viejas”, admite
Vanina. “Vendimos casi la mitad del rodeo del tambo por salud de
ubre. El robot nos obliga a tomar decisiones todo el tiempo, porque
cuanto más resultados tenés, más decisiones tomás”.
La
tecnología también cambió la forma de trabajar. “La gente piensa
que ahora no hacemos nada. No, trabajamos de otra forma. Nos
dedicamos más a la gestión, a lo que antes no podíamos. Estamos
todo el tiempo mirando datos, en la compu del tambo, en la casa, en
el celular. Nunca nos desconectamos”, dicen al entender que ahora
usan mejor el tiempo.
“El
robot nos dio calidad de vida. Antes no podíamos salir, ahora sí.
Es más cómodo. Yo siento que trabajo más que antes, pero de otra
manera”, sonríe Vanina al ver realizado el objetivo de
desempeñarse mejor, pero también de tener una vida más estable sin
dejar nada del tambo.
“Muchas
veces no podíamos ir a un cumpleaños, a una reunión, porque el
tambo nos ataba. No es que trabajemos menos, trabajamos distinto y
eso nos da otra mirada sobre lo que hacemos”, cuentan las hermanas
al lado de la fosa que se convirtió en una sala con mucha
tecnología, con un equipo de frio flamante y pegado a la pequeña
fábrica de quesos que ahora se hacen de mejor manera y se
complementa con la venta de materia prima a una industria de la
región.
Tener
más ordenados los ingresos, más normalizados los horarios y con un
control constante del rodeo, esta familia le encontró la vuelta al
tambo para seguir adelante con las tradiciones, la cultura lechera y
afrontar más sólidamente el día a día.

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