Las unidades productivas más chicas tienen en los robots la alternativa de mejorar las condiciones de trabajo y de contener a las futuras generaciones.
Por Elida Thiery (Aire Agro) - En La Llave, Entre Ríos, el establecimiento “Glückliche Kühe” se convirtió en un ejemplo de cómo tradición y tecnología pueden convivir en el tambo argentino.
Walter Fass es el responsable del tambo que en castellano significa “Vacas felices” y recuerda que sus abuelos llegaron de Alemania y que desde entonces la lechería fue parte de la vida familiar. Hoy, con la tercera generación al frente y la cuarta en camino, la apuesta es clara, invertir en innovación para asegurar continuidad. “Para que los chicos tengan la posibilidad de seguir en esto había que invertir en tecnología, a la fosa creo que no iban a ir”, resume, convencido de que el robot de ordeño es la herramienta que entusiasma a los jóvenes y abre un futuro posible.
La decisión no fue inmediata, porque primero conocieron el sistema por teléfono y videos, luego lo observaron en funcionamiento junto a los técnicos y cuatro años de análisis desembocaron en la instalación y hoy, a casi un año de uso, la satisfacción es evidente.
“Las vacas se adaptaron mucho más fácil que nosotros. A los dos meses estaban chochas y nosotros recién ahora más relajados”, admite Fass. El punto es dejar “que la vaca sea vaca”, que se mueva a voluntad y que el sistema respete esa libertad.
Con la cría en el que fuera el tambo original a unos kilómetros por tierra, esta nueva estructura se instaló cerca de una ruta ripiada, así la limitante de la infraestructura, por caminos y servicio eléctrico ya no será más una limitante.
Su sistema
Con 170 animales en ordeño, la producción ronda los
27 litros, un promedio superior al que tenían antes, con la
expectativa de seguir creciendo.
El tambo mantiene un esquema
pastoril, con cuatro comidas diarias y rotación cada seis horas. Los
indicadores técnicos muestran mejoras en tiempos de colocación de
pezoneras óptimos, conteo de células somáticas reducido a la mitad
respecto del tambo anterior, ausencia de mastitis y menor incidencia
de problemas podales.
“Es un combo de bienestar, alimentación
y reproducción. Estamos en 2,32% de preñez promedio por vaca”,
detalla, subrayando que el sistema también facilita la detección de
celos y la eficiencia reproductiva.
La
apuesta tecnológica tiene además un componente generacional. Su
hija colabora con la carga de datos y su hijo, más atraído por los
tractores, ayuda en la ración.
Para él, el manejo de datos se
volvió parte de la rutina, pero sin complicaciones. Walter explica
que dedica un par de momentos al día a controlar que todo esté en
orden y que el trabajo pasó de ser forzoso a ser de supervisión.
El robot tiene siempre el mismo día
La
máquina, asegura, garantiza un trato uniforme y respetuoso hacia los
animales, algo difícil de sostener con personal humano. “No
sobreordeñan, no golpean, no gritan. El humano nunca tiene el mismo
día, la máquina lo hace siempre igual”, compara.
En
un contexto donde conseguir mano de obra para el tambo es cada vez
más complejo, el robot se convierte en una solución. “Un robot
vale lo que un tractor. Si podés tener un tractor, podés tener un
robot”, sintetiza, convencido de que la inversión es posible para
quienes apuestan por la actividad.
El
servicio técnico es un aspecto sensible, dado que los especialistas
están a 150 kilómetros, pero la respuesta ha sido rápida y con
buena predisposición. La adaptación de las vacas nuevas también
sorprende, porque en apenas dos días entran solas al sistema,
acompañadas por el resto del rodeo. Solo un animal fue descartado
por no acostumbrarse al brazo del robot, un porcentaje mínimo frente
al total.
El
mensaje final de Fass es claro para tamberos de su misma escala y
condición. “Que no le tengan miedo y que se animen a enfrentar la
tecnología, porque se vino y se va a quedar. Yo de computación no
sabía nada y en cuatro meses lo estoy manejando”.
La
próxima inversión ya está pensada: sombra y ventilación para la
pista, porque el bienestar animal no se limita a la máquina.
La
experiencia de “Vacas Felices” muestra que el salto tecnológico
no solo mejora la producción y la sanidad, también abre un
horizonte de continuidad para las familias tamberas que buscan
asegurar el futuro de la actividads, se trata de animarse a dar un
paso que transforma el trabajo diario y que, al mismo tiempo,
garantiza que los animales expresen su máximo.

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